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Verde aguacate

¿Verde esperanza? Tal vez los árboles, las plantas o el pasto que comen las vacas. De

pronto las vacas son portadoras de ésta, pues se podría decir que ese es su alimento. O

también la esmeralda, la piedra verde por excelencia, como la que mi madre lleva colgada

desde su matrimonio en el cuello. De pronto también ella es esperanza, o mi padre, quién se

la regaló ese día junto con todo su ser.

De ese matrimonio nacimos mi hermano Federico y yo. Me llamo Ana, igual que mamá

porque la originalidad en esta familia nunca ha sido la cualidad más resaltada o porque por

miedo a que me perdiera en este mundo cambiante decidieron que al menos mi nombre

fuera mi ancla, lo que me regresara a ellos, y sobre todo a mí misma, si llegaba a confundir

el camino. El miedo se ha hecho realidad pero lo que me ha ayudado a encontrarme no ha

sido mi nombre sino el aguacatero que veo llegar todas las mañanas a la esquina de mi casa.

Un día Federico vino a preguntarme por qué mamá lavaba todos los alimentos antes de

ponerlos en las repisas de la cocina cuando llegaba del supermercado. Ha sido siempre un

niño tan imaginativo que la “simple” historia de una enfermedad no colmaría ese deseo de

entender, por lo que me le inventé una que lo dejó con la boca abierta.

Tomé de su programa de televisión favorito, “Bob Esponja”, a su antagonista, Plankton,

una pequeña mancha verde muy avara que deseaba la receta de las famosas

“cangreburgers”. Le dije que este minúsculo enemigo la había conseguido por fin pero que

le habían contado que en la tierra los alimentos eran aún más ricos y por eso dejó el mar

para ir en busca de estos tesoros. El gran problema era que Plankton era tan malo que

cualquier cosa que tocaba la contagiaba y por eso mamá lavaba todo con jabón, para que ni

Federico, ni yo nos volviéramos malas personas. Cuando se la conté no pensé que sería el

inicio de nuestro pequeño mundo que fuimos creando poco a poco para sobrellevar el que

afuera se veía tan caótico. A partir de ese día los cuentos fueron la luz del hogar pues

Federico me pedía cada noche que le contara algo diferente para dormir.

Las historias variaban de tema y hasta de narrador. Se convirtió en un espacio familiar para

expresar nuestros miedos, alegrías y tristezas a través de personajes inventados o sacados

de algún programa televisivo. En realidad solo papá y mamá cambiaban a los protagonistas,


mientras mi hermano y yo hablamos siempre de Plankton, cualquiera que fuera el cuento

que nos inventáramos, el pequeño verdecito estaba presente.

Cuando la creatividad no daba más jugábamos detrás de los muebles de la sala, debajo de

las mesas y hasta en la cocina. Nos creíamos superhéroes, caballeros e incluso luchadores

que intentaban acabar con la desgracia. En todas nuestras aventuras lográbamos derrotar a

esa enfermedad que nos acechaba en todo momento, pero cuando el juego volvía a empezar

de alguna u otra forma este enemigo se salía con la suya, como solía decir papá, y escapaba

de nuestras manos para que la aventura tuviera un nuevo comienzo. Así que con camisas

que cubrían nuestras espaldas como capas, almohadas que asumían el rol de escudos y

ganchos de ropa que se convertían en espadas, volvíamos a la acción en busca del enemigo

malvado que tan infelices hacía a muchos. Para Federico era solo Plankton, el infeliz

animal que le había ayudado a entender la realidad de la mejor manera, pero para mí la

mancha verde se convirtió en todas esas manchas borrosas de mi vida que no me atrevía a

ver de frente.

Con el paso de los cuentos y las aventuras las máscaras de Plankton iban desapareciendo.

Ya no era más la enfermedad que no dejaba respirar a muchos, ahora se convertía en la que

no dejaba respirar a mi cabeza. Al inicio no quería ser consciente de lo que éste personaje

empezaba a significar para mí porque no quería que las historias que le contara a Federico

se volvieran aburridas y llenas de sermones que nacerían de lo que en mi cabeza ya se

estaba cultivando. Pero fue inconsciente el cambio que se generó. Ahora solo hablaba de

los males que me consumían, el miedo por el futuro, la ansiedad del presente y el

arrepentimiento del pasado. Mi hermano no entendía lo que quería decir, su enemigo y el

mío ya no era el mismo, para él seguía siendo el pequeño monstruo por el que mamá lavaba

los vegetales, pero para mí se convirtió en el que acechaba mi cabeza cada vez que tenía

una pausa para respirar. Se empezó a enfadar porque las historias estaban cambiando de

rumbo, no hablaban de dos héroes que vencían con sus propias fuerzas al mal, ahora solo

eran de una cobarde que no lograba vencer a su Plankton. Yo me enfadaba porque él no

entendía la profundidad de lo que le contaba y mis padres porque yo no le tenía paciencia.

Cansada de este poco entendimiento dejé de contarle historias y la cocina ya no fue más

nuestro campo de batalla.


Federico volvió a aburrirse, molestaba a mamá y papá mientras trabajaban, yo ya no salía

de mi cuarto y la pequeña luz que había comenzado a nacer con las historias ya estaba

apagada.

Entendí de inmediato que debía enfrentar a mi mancha verde, era el momento de dar el

paso que nunca me había atrevido a dar, ver con los ojos de la realidad lo que sentía y

ponerme de frente. Empecé a sumergirme en mi misma buscando el nudo que me tenía

amarrada a lo que fui en el pasado, a la niña de cuando tenía doce o trece años, y no me

dejaba avanzar hacia la adolescente en la que inevitablemente me estaba convirtiendo.

Empecé a comprender que no podía parar de caminar aunque así lo deseara, que Plankton

me pisaba los talones y si no quería dejarme caer debía continuar. Eso era lo que Federico

me pedía. Entendí que a través de las historias me hacía dar esos grandes saltos que sola

nunca habría dado y jugando a ser luchador entendía el verdadero significado de luchar.

Volví con las historias poco a poco, le hice entender a mi hermano que yo si quería vencer

al enanito verde con él y que por favor me ayudara porque sola no lo lograría. Volvimos a

nuestro campo de batalla más fuertes que antes y listos para enfrentar a Plankton otra vez.

Pero esta vez el que estaba dudoso era Federico, me dijo que debía haber algo allá afuera

que pudiera salvarnos, le estaba perdiendo el sentido a nuestra guerra. Para no decirle que

solo los médicos tenían esta posibilidad, le dije que era el aguacate, que mientras existiera

al menos un aguacate en todo el mundo, existía la posibilidad de vencer al verdadero

Plankton.

Mi verde esperanza fue entonces el del aguacate. Federico entendió que si lograba ver al

aguacatero llegar todos los días a la esquina de nuestra casa era porque el enemigo todavía

no había acabado con todo, todavía había por qué luchar. Yo entendí que el aguacate era mi

símbolo, podía ser cualquier cosa que quisiera con tal de que fuera suficientemente fuerte

para cargarme cuando lo necesitara.

¿Verde esperanza? En esta historia el verde es el aguacate. Es Plankton porque gracias a su

avaricia mi hermano y yo entendimos que hay que luchar. Son Federico y Ana, quienes

entendieron la importancia de mantener una luz prendida.


Valeria Grosso, Seconda Liceo, 2020

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